18 de septiembre de 2009
Ella no tenía una idea acabada de lo que ocurría en realidad. Sabía que Pedro la engañaba, pero nunca imaginó que lo hacía con su mejor amiga. Cuando esa mañana salió de su casa lo hizo como siempre, bien vestida, con sus cosas y sus sentimientos prolijamente colocados cada uno en su lugar: el trajecito rosa viejo impecable; el maquillaje suave resaltando apenas sus rasgos; el maletín de cuero marrón, colgado de manera casual de su mano derecha. El andar cadencioso y una expresión distraída, le daban un aire de mujer con la vida resuelta. En su curriculum vitæ podía leerse:
“Clara Martínez García, estado civil casada, profesión abogada... “
Como siempre que salía por las mañanas rumbo al edificio de Tribunales, transitaba la ciudad sintiéndose dueña de cada centímetro de vereda que pisaba, de cada molécula del aire denso que transpiraba la ciudad. Esa seguridad era la misma que le hacía pensar que “el que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen”, frase que aplicaba íntimamente a la conducta de Pedro. Porque cuando alguien, con el comedimiento que presta la envidia, le sopló arteramente al oído la supuesta infidelidad de su marido, ella estaba muy ocupada en un juicio importante y pospuso esa cosa menor, un rumor sin importancia, según sus palabras, para mejor ocasión. Después, en los escasos momentos que le dejaba libre su trabajo fuera de casa, sentía que estaba abandonando su perfeccionamiento en la profesión, e intentaba remediarlo. A veces, Pedro le recriminaba las contadas ocasiones en que podían salir a cenar, al teatro, al cine o a la casa de algún amigo que los invitaba. Pero eso era al principio, hacía mucho tiempo. Ahora esos reproches habían cesado por completo.
Todo eso pensaba mientras caminaba por Lavalle. Había decidido dejar el auto en su casa y tomar un taxi, pero como tenía ganas de caminar porque la mañana estaba preciosa, descendió unas cuadras antes. Taconeaba con firmeza cuando una escena la obligó a detener sus pasos. La vidriera de un bar, una mesa junto a ella y una pareja ensimismada en su mutuo embeleso. Ahí estaban. Pedro y Lidia, su amiga de toda la vida. Clara se paró en seco a unos metros de la vidriera. Miró. Las piernas le temblaron. El corazón, después de un vuelco, pareció querer abandonar para siempre su invariable tarea de latir. Pero siguió latiendo. El sudor helado brotó violento de los poros y se extendió por todo el cuerpo. La boca se secó como una planta sin esperanzas, y el color huyó cobardemente de su cara.
Después de un interminable tiempo oscuro en el que el cerebro rodó por un sendero de incertezas y locura, con un esfuerzo de titán logró saltar a la superficie gris de la razón. Miró el reloj. En media hora comenzaba la audiencia de Olmos contra Mendieta. Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor de la manija del maletín. Dio la vuelta y con paso firme enfiló hacia el edificio de Tribunales.
Clementina Macaroff
Junio 2005
21 de agosto de 2009
EL ROBO
Jorge Fábregas
Abrieron la puerta y sentí el aliento del viejo boliche. Alcohol, fiambres, cáscaras de maní pisadas. Los amigos que me compañaban (en realidad, me llevaban) tuvieron que repetirme la indicación de entrar. Estaba tan emocionado por el reencuentro que no atinaba a moverme. El lugar no había cambiado casi nada. El mismo mostrador de madera, viejo y encallecido por los empujones de tantos años, con su tramo central de estaño impecable, y a un costado, la caja infinitamente burilada. La innovación estaba en el agregado de unas pocas mesas, sobre el otro lado. Nos paramos junto al mostrador y les dimos la espalda.
Los parroquianos conformaban casi la misma fauna de hacía veinte años: los profesionales de la ciudad provinciana, algunos estudiantes universitarios de visita de fin de semana, y unos pocos jovencitos, con la edad que yo tenía la primera vez que entré. Reconocí algunas caras, pero ellos no se contagiaron y preferí dejarlo así. Los ritos se mantenían frescos e inmutables. El empleado se apoyó sobre el mostrador frente a nosotros y esperó el pedido. “Lo de siempre”, dijo uno de mis amigos que jugaba de local. “Con qué lo acompañamos” retrucó el mozo mientras desplegaba una hoja de papel de estraza frente a nosotros. “Hoy tenemos unas morcillas de aquellas, las hizo Esteban con su mujer”. Resaltó esto como si se tratara de un sello de calidad indiscutida. Asintió mi amigo y comenzamos una charla mixta de frases nostalgiosas y buen humor. Casi enseguida pusieron los vasos sobre el papel y me alegró ver que tenían la misma forma de los de antes. Parecían floreros, con el pie mucho más chico que la boca y generoso tamaño. “Dedo de ferné, chorro de sifón para hacer espuma y completar con vermú hasta arriba”, había sido la fórmula impecable de todos los tiempos. Junto a ellos y directamente sobre el papel, el mozo comenzó a cortar en rodajas tres morcillas.
La charla siguió cada vez más animada. El vermucito ayudaba. Un parroquiano que estaba a mi lado tomaba tinto que se servía de un botellón de vidrio ordinario, de ésos que tienen burbujas chiquitas en su interior. Miré bien y noté que sobre él se reflejaban las figuras de los que estaban sentados alrededor de una mesa. Sin interrumpir la conversación, me di vuelta para poder verlos. Era un grupito de gente linda y divertida. Y ella que me miraba sin ningún disimulo. ¡Cómo perturba una mirada firme! ¡Cómo enamora la mirada fuerte de una desconocida!
Aflojé y volví a dar la espalda. Miré de nuevo el botellón. Lo habían movido un poco de su lugar al vaciarlo y ahora la única figura que se distinguía era la de ella sentada, como si estuviera dentro. Yo había visto que no estaba sola y no tenía forma de hacer algo. Agarré el botellón y me lo escondí debajo del sobretodo. “¡Qué hacés!” dijo uno de mis amigos “¡Si por un peso te comprás tres docenas de esos!”
“¡Pagá y vamos!” dije. Pagó y nos fuimos.
Y me la llevé.
DE NOBLE, OLOROSA MADERA
Camina muy suelta. Nadie diría, al verla, que lleva en sus espaldas una mochila tan pesada. Que no se ve, y que a cualquiera que no fuese Saia habría derribado. Pero a ella no.
Llega a la feria con la misma sonrisa ancha de siempre, y nadie permanece afuera de su seducción.
— ¡Hola, Pelito! ¡Qué buen collar tenés hoy! Seguro te lo hizo tu chica jamaiquina ¿no? Y miren a la abuela China, ¡te estoy viendo, China, no te hagas la otaria que ya todos sabemos lo que te dijo el matasanos. Dejá de fumar, carajo, que después vamos a tener que cargar con tu esqueleto descangallado, de la feria a tu casa y de vuelta! ¿Quién tira el paño aquí hoy?... Bueno, si no hay nadie, me quedo yo.
Un revoleo de faldas, de pulseras que tintinean y de pelos multicolor. Esa es Saia. Brazos que la estrechan, manos que la despeinan con ternura. Eso es lo que despierta Saia. Comienza a sacar de la otra mochila, de la visible, de la que tiene todos los colores que ella quisiera para su vida, un montón de artesanías confeccionadas con destreza. No puede evitar llevarlas a la nariz y aspirar profundamente. Ama el olor de la madera. La conoce como si fuese materia salida de sus entrañas, y sabe trabajarla. Saca una pieza de forma rara. Es una estatuilla ceremonial. La mira con ternura y la acerca a su boca. La besa con unción, la huele y la deposita suavemente sobre el paño. Y así va sacando, una detrás de otra, las obras que su vigilia irremediable crea, noche tras noche. Cuando termina de sacar todas las piezas y acomodarlas sobre el paño colorado, busca el mate, el termo, el atado de puchos. Una vuelta más alrededor del grupo de artesanos, una broma, una caricia, un sonoro chirlo en el trasero de algún desprevenido y Saia se sienta en el suelo, las piernas cruzadas, dispuesta a pasar un día más de tantos días. Prepara el mate, se toma el primero, charla hasta por los codos con sus vecinos y con los posibles clientes que se detienen a mirar sus obras. Cuando enciende el pucho aprovecha la primera columnita de humo para disfrazar la nostalgia. Su mirada se escapa del grupo bullicioso y camina hacia otro tiempo. Dieciséis años atrás. Cuando ella y su madre se mudaban al departamento de San Telmo, que todavía conserva por la caridad de sus dueños. Era en el cuarto piso de un viejo edificio sin ascensor. Su madre ya estaba embarazada de Orión, pero el departamento era barato y, como decía Kela, “cuatro escaleras son terapia contra la pereza”. Terminaba una relación de pareja muy difícil, pero ni se le hubiese pasado por la cabeza cortar con ese embarazo que la ilusionaba. Las unía una relación muy especial. Lectura y música en abundancia eran cosa cotidiana. Pasaban muchas noches de verano tiradas de panza sobre el balconcito que daba a la calle, adivinando el color del próximo coche que doblaría la esquina, agarradas con cuidado a los barrotes desvencijados que su madre prometía restaurar “un día de estos”. Ese, y muchos otros juegos, las convertían en compinches inseparables del mundo que ellas se empeñaban en convertir en un buen sitio. Su madre le enseñó el oficio de tallar la madera. Juntas solían ir a las carpinterías grandes y, por pocos centavos, se llevaban aquellas piezas que cualquier carpintero habría descartado por inservible. Kela decía que esos trozos la esperaban a ella para someterse al moldeado de su imaginación y salir convertidas en deleite para los ojos.
Cuando nació Orión, Saia despertó a un mundo de realidades al que no estaba acostumbrada. El desorden de sus vidas en el que no faltaba la comida a cualquier hora, o el sueño cuando venía, debió ser bruscamente modificado por la nueva situación: Orión llegaba al mundo portando el VIH. Kela, sin saberlo, había sido infectada por su pareja.
—¡Hola! ¿Hay alguien aquí? —la mano que se agita delante de sus ojos la distrae de los recuerdos. Su dueño sonríe cuando Saia estira las manos y las coloca, abiertas, sobre la cara del intruso.
— ¡Hola, mi guachito divino! ¿A qué hora llegaste? No te vi.
—Ya, ya. No te preocupes, que yo veo por los dos, si me lo permitís.
Saia suelta la carcajada. Hace presión con los talones en el piso para moverse y dejar lugar a Pedro. Se abrazan muy fuerte y el ruido de sus besos desata la risa de los compañeros de feria.
— ¿Fuiste a ver a Orión? —la pregunta hace torcer la boca a Saia
—No, voy esta tarde, antes de volver a casa. De todos modos no sé si voy a encontrar a la sicóloga, porque quiero hablar con ella. Parece que Orión tiene problemas con su compañero de celda y no quiere dormir con él.
—Bueno, convengamos en que el señorito tendría que bancarse lo que venga, dadas las circunstancias —Pedro no puede evitar el sarcasmo.
— ¡No seas así! Me cuesta mucho esto. Tu apoyo es muy importante para mí…
—Perdoname, pero no me banco esa devoción por tu hermanito descarriado. ¡Dejalo que se arregle como pueda!
—Pero, ¿te das cuenta lo que me estás pidiendo? ¡Es sólo un pendejo y está enfermo!
—De la cabeza está enfermo tu hermano. ¿No te das cuenta que le encanta verte sufrir? Se está desquitando de lo que la vida le negó y quiere cargarte con esa culpa. ¿Cuándo va a haber tiempo para vos?
—Bueno, esta discusión se termina aquí, loco. No voy a negociar la dedicación a mi hermano. Se lo prometí a mi vieja —con un gesto da por zanjada la cuestión. Pedro la mira guardar todas sus cosas en la mochila y levantarse. Queda flotando en el aire el anhelo de un beso de despedida.
Saia cruza la plaza sin contestar los saludos. Camina sin rumbo cierto, piensa en Orión, recuerda la infancia difícil del chico, la muerte inesperada de su madre, y casi sin darse cuenta llega al instituto de menores. Abre la puerta, se anuncia, le aclaran que no es horario de visitas pero ella argumenta que la sicóloga quiere verla. Cuando logra pasar, advierte que es muy tarde porque los internos están levantando los restos de la cena en el comedor. No ve a su hermano entre ellos y supone que Orión, una vez más, se quedó sin cenar. “Otro castigo”, piensa en voz alta. Uno de los internos se da vuelta, al escucharla.
— ¡Hola, Saia! —la saluda con afecto—, si buscás a Orión... —el chico levanta sus manos con las muñecas unidas entre sí.
— ¿Qué hizo ahora? —Saia pregunta, pero sin ganas de recibir las respuestas que ya conoce da media vuelta y sale del comedor. En el pasillo se encuentra con la sicóloga.
—Hola, Alicia, me dicen los chicos que Orión está castigado, ¿qué hizo?
—Vení, vamos a mi oficina.
Entran a un espacio muy reducido, austero, con una ventana sin cortinas y un escritorio mediano, lleno de papeles.
—Sentate, por favor —la sicóloga está muy seria—. Sabés que anoche Orión se peleó con su compañero de celda y se negó a dormir allí. Sabés también que no podemos disponer de una celda para cada interno. Cuando se lo dijimos, comenzó a gritar pidiendo que te hiciéramos venir. Pero eso no es lo más grave...
— ¿Qué? ¿Qué puede ser más grave que un chico con sida congénito, encerrado por el único cargo aparente de portación de imagen, raterismo dicen los jueces, y que no tiene medios para defenderse? ¿Qué sociedad de mierda es ésta que excluye del sistema a un adolescente por su irremediable condición de enfermo, huérfano, dependiente de una artesana, ¡ah, qué deshonra!, en la que ningún juez confía para criar a su hermano. Claro, porque lo único con lo que cuenta para su crianza es el amor infinito y esto es una garantía inservible —la explosión le llena de color la cara y los ojos de odio.
— ¡Pará, pará, Saia, escuchame, por favor! Te decía que hay algo mucho más grave... Orión quiso estrangular a su compañero. Se lo sacaron de las manos a duras penas... Parece que consiguió cocaína, nadie sabe cómo... y no es la primera vez.
La cara de Saia se transfigura. Pasa del rojo a la palidez absoluta. Los ojos se dilatan, abre la boca como para decir algo pero sólo un ronquido sale del pecho agitado. De repente una carcajada le brota, incontenible.
— ¡No, me estás macaneando! Orión no. Mi hermanito no es un asesino. Creo que te equivocaste y estás hablando de otro interno. ¿Sabés qué tierno es ese chico? ¿Sabés con cuánto amor me cuidaba cuando yo caía enferma, antes de entrar en este infierno? ¿Sabés cómo me llama a mí en la intimidad? “mi mami dos”, me dice. ¿Cómo me pueden decir que esa dulzura es un asesino? ¡Quiero verlo, dejame verlo ahora mismo! —se levanta y sale sin esperar respuesta. Alicia la sigue, en silencio. Caminan por un largo pasillo con celdas a ambos lados. Cuando llegan a la de Orión, encuentran al chico parado contra la reja, de espaldas. Al oír los pasos y la voz de Saia que lo llama, gira despacio.
— ¡Ah, por fin venís! —la mirada helada impresiona a Saia.
— ¡Hola, negrito! ¿Qué te hicieron?
—No me hicieron nada, loca, dejá de hacer escándalo. Y cuando yo te necesite no te hagas la boluda y aparezcas cuando se te dé la gana. ¡Bah!, qué me importa, después de todo. Ya sé que me voy a pudrir en este infierno porque a nadie le intereso. ¡Andá, andá nomás con tu Pedrito y tus maderas de mierda y dejame en paz! Ya crecí, ya no te necesito. Podés hacer tu vida y olvidarte de mí. Ahora andate y no vuelvas...
Saia está acostumbrada a los arranques de su hermano, pero ahora percibe algo distinto en el tono de su voz. Este no es el Orión que ella conoce tan bien. Este ser que vomita desprecio no es el niño tierno al que ella acunó durante las noches donde la orfandad de ambos se sentía en la piel helada, en la falta de un pecho materno que cobije debilidades y seque lágrimas. No, no es el mismo. Es un adulto dolido e hiriente. Estira los brazos para estrecharlo pero un manotazo de Orión casi la derriba. Retrocede unos pasos. Todavía no puede creer lo que pasa. No sabe qué hacer. Se mira las manos inútiles. Esas que pueden crear prodigios, pero que no sirven ahora. Porque Orión es de carne, huesos, alma... Gira en redondo y sale corriendo por donde vino. El aire cálido de la noche afloja sus emociones. Se sienta en el cordón de la vereda y llora fuerte, ásperamente. Después, mucho más tarde y con los ojos secos se levanta despacio. Sin mirar atrás comienza una marcha lenta hacia cualquier lado. La madrugada la encuentra mirando la puerta de su casa sin decidirse a entrar. Con mucho esfuerzo comienza a subir las cuatro escaleras hasta su departamento. Entra y va derecho a la cocina. Se sienta, enciende un cigarrillo y lo abandona en un cenicero, los ojos sin expresión y la cabeza vacía. Cuando la ceniza es una viborita triste se levanta, abre una puerta destartalada de la alacena, saca una botella panzona, retira el corcho y, sin respirar, bebe del pico hasta que el último trago pasa quemando por su garganta. Respira profundo, tose, deja caer la botella al suelo y, por primera vez en largo tiempo siente que no todo está tan mal. Orión, Pedro, Kela, todos dejan de ser figuras de pesadilla y van desdibujándose. Tiene ganas de cantar por primera vez. Y de bailar. Se levanta, tambalea, se ríe fuerte y camina hacia el balcón. Abre la puerta, grita saludando la mañana, se acerca a la baranda... y ya no importa si su madre o ella jamás intentaron restaurarla...
Clementina Macaroff
Bariloche, 15 de Diciembre de 2004
17 de julio de 2009
El asfalto hierve afuera. No tiene muchas ganas de salir, pero a esa hora la calle es un imán para Ernesto.
Total, si me aburro vuelvo y me quedo en casa, como quiere la vieja. No se va a levantar antes que llegue el viejo, así que vuelvo rápido y listo, piensa y bosteza, perezoso.
La zapatilla se niega a enderezarse. Mueve el pie con desgano hasta que logra calzarla. Se levanta parsimonioso y sale al zaguán.
Le extraña encontrar la moto de su padre en la vereda. No lo había oído llegar.
Sale despacito, y el vaho del asfalto caliente lo cachetea. Camina por el cordón de la vereda haciendo equilibrio. De a ratos salta al pavimento donde corre un hilo de agua. No siempre logra evitarlo y el salpicón en la cara lo hace reír, contento. En la esquina espera que pase el colectivo y cruza corriendo la calle. Se cuelga de la rama del naranjo de don Matías.
Si el viejito sale me mata, piensa, divertido.
Por eso le gusta esa hora. Todo el mundo duerme la siesta, y él puede cometer toda clase de travesuras, esas que le exige su adolescencia recién estrenada. Pero tendrá que apurarse y volver. No contaba con la presencia del padre en la casa. No quiere encontrarse con la hebilla de su cinturón. ¡El viejo sí que sabe usarla a la hora de imponer autoridad!... Con alegría ve que el almacén de Mario está abierto.
Ernesto entra al negocio, apartando la cortina de flecos de metal.
—Hola, pibe, ¿qué hacés por aquí a esta hora? ¡Si tu vieja te ve, nos mata a los dos!
—No, si ya me voy, doy una vueltita corta y vuelvo a mi casa. Ni se van a enterar. ¿Y por qué tenés abierto el boliche, vos?
—Y, pibe, si uno no trabaja no paga las cuentas. Ayer casualmente charlaba con tu viejo sobre eso y yo le comentaba que voy a comenzar a abrir en horario corrido. ¡Igual, para lo que se vende! Pero bueno, a no quejarse, peor es estar desocupado en estos tiempos. Tu viejo también tiene suerte, che. Siempre tiene alguna changa que los ayuda ¿no?
Cuando Ernesto va a contestarle, el golpe violento de las cortinitas del kiosco y el grito de los que entran los paraliza.
— ¡Quédense donde están, y al que se mueva lo agujereo! ¡A ver vos, Gatuso, agarrá al pendejo para que no se mueva y vos, Zorrino, andá a la caja a ver qué tesoro guardamos, mientras yo lo cuido a éste!
"Éste" es Mario, que después de la sorpresa inicial se da cuenta de la situación. Sin dudar, saca una nueve milímetros que guarda en un cajón sin tapa del mostrador, ahí nomás, bien a mano, por si alguna vez ocurre una contingencia de éstas.
El tiro suena como un cañonazo y da de lleno en la cabeza de uno de los encapuchados. El bochinche, a partir de ahí, es infernal. Los tipos no se la esperaban y cada uno trata de escapar como puede. La sirena del patrullero se oye fuerte, junto con el chirrido de gomas. Los gritos de los policías se mezclan con los de la gente y los aullidos de los chorros que tratan de escapar.
Ernesto está clavado en el lugar donde le ordenaron quedarse, creyéndose muerto y pensando que el tiro a lo mejor lo mató a él.
Cuando ve al tipo tirado a sus pies, con la cabeza en un charco de sangre y encapuchado todavía, se agacha para quitarle la capucha. Un policía le grita:
— ¡No toqués nada, pendejo!—, en el momento en que el vómito de Ernesto baña la cara de su padre, desfigurada por el balazo, ahí, en el suelo.
Clementina Macaroff
Bariloche, Noviembre 2003
5 de julio de 2009
INTENTANDO EL VUELO
Veo las siluetas azules de las montañas, penetra por mi nariz el aire fresco como un torbellino, aroma de cipreses y coihues, aroma que me envuelve; el recuerdo va deteniendo mi vuelo.
El aire allí es lento y así, lentamente voy planeando, me dejo llevar, mi vuelo es placentero, voy descendiendo hasta tocar con la punta de mis dedos el lago. Me aproximo más y más, entonces mi nariz choca contra el cristal helado del espejo, donde veo reflejado mi rostro, que antes fue liso como el lago en esos días de verano, donde los niños solían jugar descalzos, serpenteando piedras.
El espejo se va arrugando, hay surcos en mi rostro, se nubla mi visión, mis cabellos se platinan, se entremezclan con los cabellos dorados de los niños, sus bocas rojas, teñidas por algún fruto, de pronto palidecen sobre mis labios resquebrajados.
Los reflejos del espejo me llevan nuevamente al lago.
De a poco me alejo, voy remontando mi vuelo donde mi cuerpo vuelve a tener la liviandad de un ave, recupero mi rostro terso; no quiero dejar el vuelo.
Giran nuevamente un sinfín de recuerdos, mi niñez, la de ellos, mi único amor, mis amores ídos.
El peso de mis recuerdos casi no me permite mantener el vuelo. La punta de mi ala toca el agua helada… doy un giro, extiendo mis alas, elevo mi cuello, fijo la mirada, ahora si, emprendo el vuelo, paso las altas cumbres, el aire frío corta mi respiración, no dejo de elevarme, alto tan alto es el vuelo, que puedo tocar el limite de mi vida.
SANDRA PLANA
24 de junio de 2009
SIN TITULO
Dejo de mirar un momento por la ventana. Total, afuera llueve, como casi cada día en esta ciudad...la más grande en esta isla de islas, la más llena de historia y de gente a la que no le importa nada.
Dejo de mirar por la ventana, porque reconozco que la lluvia ha comenzado a entrar en mí. Miro hacia adentro, como tantas veces cuando tengo miedo. Miro hacia adentro, acostumbrada a encontrar los más extraños paisajes... A veces está oscuro, oscuro como el vacío, oscura mi alma entera, sin destellos, sin chispas de movimiento. A veces es otoño y una imagen de mí se sienta en un banco, al lado de un árbol amarillo ocre, debajo de las hojas que caen… hojas que cumplen su ciclo y se dejan llevar a la próxima estación. A veces, las menos, pero las más hermosas. Es de día, un DÍA de verano, espléndido, sin nubes ni sombras que lo apaguen. Luz.
Hoy en cambio, miro hacia adentro, y con nostalgia de esos días de verano, veo que llueve.
No hay razones, no hay porqués, sólo llueve.
Tengo todo, al menos todo lo que pude o quise o intenté conseguir, lo tengo... ¿Y qué si no era lo que en realidad buscaba? ¿Y qué si yo no soy quien siempre quise ser cuando fuera como soy? ¿Y qué si el tiempo no perdona mi retraso y me aísla en este estado de inexistencia en el que me acostumbré a vivir últimamente?...
¿Y qué si no se cómo hacer para que vuelva a ser verano?
19 de junio de 2009
LAS PAREDES
¡Guarda! con acercarse al zócalo del baño que chusmea lo que leyeron las personas que pasaron por ahí. El fondo del placard sabe más cosas que cualquier pared. Recuerda objetos que se guardaron en él desde que fue empotrado. Vio camisas pasadas de moda celosamente guardadas, zapatos que nadie usa pero que nadie regala, aquel pantalón favorito derruido oculto entre las toallas, polillas, amantes, armas, calzoncillos vueltos trapos, algunos billetes escondidos, libros prohibidos, diarios íntimos y las imágenes que quedan pegadas en el espejo una vez que se cierra la puerta.
La pared que está atrás de la heladera recuerda los sucesos escondidos y disfrazados de quienes vivieron en la casa, esas cosas a las que hubiera sido necesario pasarles una escoba de vez en cuando.
Pero si se quiere saber acertadamente qué pasó por esa casa, hay que ponerse en puntas de pie y acercar el oído al dintel de las puertas. Desde ahí se susurran los nombres más insólitos, las calvicies disimuladas, los sombreros más ridículos, los encuentros más emotivos, las llegadas más extenuadas. Cuentan del revoleo de las llaves de cada día de quienes volvían del trabajo, la llegada de los parientes de lejos, las visitas no deseadas, los encuentros apasionados que no esperan salirse del umbral de la puerta, los portazos y apuros.
Las paredes que sostienen las ventanas tienen una humedad...
MAYRA JUANATEY
Agosto 2008
8 de junio de 2009
POEMA - Arturo Borio
Cubre el campo apasionadamente
suaviza los contornos
amortigua los ruidos
envuelve
alimenta
y cubre
en un rep÷oso vital y armonioso
Te gusta la niebla
atraviesa tu mirada como pasado
reminiscencias multiplicadas en las gotas
luminosas pup÷ilas de las hojas
Acaso
su almoadillada ternura
hace de esta niebla
amante
enorme
y protectora matriz
que te acuna
sin sobresaltos
entre frondas amasadas con plata
Te lleva
robando cielo y tierra
para ser ella la unica l
a niebla
la que todo lo abarca
maternal continente blanco
6 de junio de 2009
UNA VIDA INTACHABLE
Miró el reloj. Eran las cuatro de la tarde y ellos no llegarían hasta la noche. Se fijó con desgano en las sandalias tiradas de cualquier manera en el piso. Un remoto impulso la empujaba a levantarlas y colocarlas a un lado de la reposera, pero no hizo caso. Encendió un cigarrillo. Faltaban unas horas para la llegada de la noche y su aliento no revelaría el olor a tabaco. Tampoco sus ropas, ya que lo único que le cubría el cuerpo era un diminuto bikini, y con un buen baño haría desaparecer de su piel cualquier aroma extraño. Él siempre decía: “Hay que vencer las debilidades de la carne. Es bueno ejercitarse a diario. No podemos dejar que las adicciones nos sometan. Sino, mirame a mí. ¿Vos me ves doblegarme con facilidad?”
Un vago malestar en el estómago la obligó a enderezarse un poco. Debe ser el pucho, pensó. Se pasó la mano por la frente, rozándola apenas, en un gesto que más bien parecía un conjuro. Miró el cigarrillo que se alargaba en una punta gris incandescente. El movimiento imperceptible hizo caer la viborita al suelo. Se encogió de hombros. Más tarde limpiaría. Claro. Más tarde habría que pulir todo: casa, cosas, pensamientos, antes que él volviera. De todos modos, siempre se anunciaba con dos bocinazos largos, uno corto, y de nuevo otros dos largos. Parecía que el coche sabía la duración exacta de cada bocinazo, porque nunca variaban. Claro, si el coche era tan animado como ella misma, o como sus hijos, que respondían automáticamente a los deseos de la inteligencia superior. Si hasta nombre tenía. Una risa convulsiva sacudió su cuerpo. ¡Un coche con nombre! Ridículo. Estúpido ridículo. Por suerte no estaba obligada a acompañarlo en esos frecuentes viajes al interior de la provincia. Él nunca la invitaba, pero, en cambio, llevaba a sus hijos, únicas compañías con las que ella disfrutaba enormemente cuando estaba a solas con los niños. A estas horas, pensaba, seguramente él estaría mortificando a los chicos con las tablas de multiplicar. O tomándoles estúpidas lecciones de inglés. O martillándoles la cabeza con su moral de cartulina pintada y tomando el undécimo café que debían servirle de manera impecable, con el vaso a medio llenar, para no derramar ni una partícula líquida que pudiese mancillar la pulcritud del coche con nombre. Respiró hondo. Le dolía pensar en sus hijos a merced del efecto de una gota de café fuera del vaso. En algún rincón de su cabeza, surgía, a veces, un desvaído deseo de abandonar todo. Se casó muy enamorada, después de un noviazgo corto. Él era gentil con ella y dejaba pasar sus “caprichitos”, como llamaba con indulgencia a la ropa que ella elegía, a los lugares que le gustaba frecuentar, a los amigos que la acompañaban desde la infancia y que, poco a poco, comenzaron a alejarse de su vida. Ella fumaba, le gustaba bailar, y sin querer, se convertía fácilmente en el centro de cualquier reunión. Esos eran hábitos que a él le disgustaban enormemente. Al principio, ella se sentía halagada. Después ya no le quedó más remedio que darse cuenta que no eran celos. Al menos no de la atracción que ella ejercía en los demás, sino del protagonismo que le quitaba a él. Cuando cayó en la cuenta del grado de vanidad que ostentaba su marido y de la cantidad de manías con que manejaba su vida cotidiana, ya fue tarde: estaban casados y ella esperaba su primer hijo.
Se pasó la mano por la frente. Las sombras comenzaron a invadir la terraza. Pensó en él. Recordó las reuniones con sus suegros, donde padres e hijo entablaban un inagotable intercambio de mutuos halagos: a la pulcritud, a la moral, a las buenas costumbres, a la honestidad…
Miró de nuevo el reloj. El tiempo pasaba y ya faltaban un par de horas para su regreso. Debía apurarse. Limpiar hasta la última mota de polvo que escapaba de la mirada de cualquier observador normal, pero no de la de él. Debía procurar que todo estuviese en el exacto lugar que correspondía a cada cosa y recibirlo con la pulcritud que él exigía y la sonrisa resplandeciente. Como seguramente resplandecería el coche con nombre, inmune a las distancias recorridas.
Cuando todo estuvo en su lugar, sonó el timbre. A ella le extrañó porque aún faltaba media hora y él se jactaba de no haber llegado ni un minuto antes ni un minuto después en todos esos años en que su trabajo de comisionista lo llevaban lejos de casa. Tampoco había sonado la bocina del coche con nombre.
Bajó la escalera y llegó a la puerta, cuando el timbre sonó nuevamente, seguido de violentos golpes en la puerta.
— ¡Abran, es la policía!
Ella, aturdida, abrió sin entender nada. En la puerta había media docena de hombres, unos de civil y, los más, uniformados.
— ¡Tenemos una orden de arresto contra Marcos García!
—Mi marido no está… —dijo, titubeando—. ¿Por qué lo buscan?
—Mire, señora, los cargos son muchos —comenzó, amablemente, pero en seguida se arrepintió y siguió con voz ruda—. Se los enumero a vuelo de pájaro, por formalismo nomás, porque él los conoce bien. Hace ya unos meses que lo tenemos vigilado: tráfico de estupefacientes, falsificación de moneda extranjera, por mencionar lo más livianito…
Sin dejarlo terminar, ella comenzó a reír, primero, despacito. Los policías se miraron entre sí. Siguió riéndose y, poco a poco, la risa se transformó en carcajadas convulsivas, histéricas, mientras las lágrimas corrían libres por su cara…
Clementina Macaroff
Bariloche, Marzo de 2007
30 de abril de 2009
Casi pensé durmiendo, casi soñé en el polvo, en la lluvia del sueño.
Sentí los dientes viejos al dormirme, tal vez poco a poco me voy transformando en caballo.
Sentí el olor del pasto duro, de codilleras, y galope hacia el agua
hacia las cuatro puntas tempestuosas del viento.
Es bueno ser caballo suelto en la luz de Junio cerca de Selva Negra
donde corren los ríos socavando espesura:
el aire peina allí las alas del caballo
y circula en la sangre la lengua del follaje
Galopé aquella noche sin fin, sin patria, solo,
pisando barro y trigo, sueños y manantiales.
Deje atrás como siglos los bosques arrugados, los arboles que hablaban,
las capitales verdes, las familias del suelo.
Volví de mis regiones, regresé a no soñar por las calles, a ser
este viajero gris de las peluquerías, este yo con zapatos,
con hambre, con anteojos, que no sabe de donde volvió, que se ha perdido,
que se levanta sin pradera a la mañana,
que se acuesta sin ojos para soñar sin lluvia.
Apenas se descuiden
me voy para Renaico.
El sonido del lenguaje me rodea, se me viene encima
tendremos que hablar más pausado para entendernos;
repito.
Me repito, que noto una dificultad en aceptar,
un miedo escondido a no ocultarme más,
una sensación de que soy el primero de algo que nos pasa,
la imagen certera, victimaria de algo que nos pasó.
Mi memoria no permite recordarnos antes…,
hubo un abismo de este principio que me dejo aislado?
mucho hemos sufrido…
creo que fuimos aniquilados,
nuestro inconsciente se mantiene aturdido,
el escape apocalíptico,
situación terminal que no guarda antecedentes,
sino inevitables sensaciones,
detalles incrustados en el alma,
visiones que nos preocupaban,
que luego extinguieron nuestra esencia,
dejamos de ser.
Hubo un estrecho final,
nos escondimos de nosotros
y nada, …la nada,
el infinito instante en que no hay conciencia ni materia
el tiempo congelado, la noche permanente,
el viaje interminable de la quietud plena,
la negación de la existencia
y hasta allí;
la luz de la chispa,
un impulso sereno,
una gota, muchas brisas y un rumor estridente,
sin descanso y con prisa la vida se me vino encima,
a mí que no era ,
a mí que me dan la magia,
el poder del inicio,
el sueño que no pasa desapercibido,
el ADAN.
FIN DE FIESTA
Cuando el atardecer es sólo ocaso
y la nieve no es más el cristal que te deslumbra,
el amor es un verso en solitario
y la muerte, cercana compañía
Clementina Macaroff - Bariloche, Febrero 2009
22 de abril de 2009
LA CITA
Rubén había sido su gran amor. Y la había dejado por otra. Fea. No como ella. Se casó con la fea, se fue lejos con la fea, y, según se fue enterando, tuvo tres hijos con la fea. Hizo una mueca de desprecio. Ellos dos, Rubén y ella, conformaban, mientras duró, una pareja de esas que no dejan resquicios para la crítica: bellos, inteligentes, elegantes, con trabajos envidiables… lo que se dice, una pareja perfecta. Pero de eso hacían veinte años. Ella nunca pudo digerir el abandono y se quedó con el último trabajo que tenía, sin deseos de superarse. Se fue marchitando por dentro sin descuidar su exterior. Ahora él había vuelto a su vida y quería verla. Estaba sorprendida. Si. Esa era la expresión. El no daba muchas explicaciones. Solamente dejaba entrever un dejo de nostalgia en el tono general de la carta. Y la cita era para esa noche.
Volvió más rápido de lo habitual. Se impacientaba en los semáforos y, a duras penas, sujetaba el impulso de pasar algunos en rojo en las calles con escaso tránsito. Llegó a su departamento, se bañó con celeridad, y cuando se dispuso a maquillarse la vio. Ahí estaba. Blanca y finita. Hoy, justo hoy, tenía que aparecer. Su primera cana a los cuarenta y cinco años. La arrancó con el temor de generar muchas otras. Ella era un poco supersticiosa y la creencia popular lo aseguraba. Se consoló pensando que, seguramente, Rubén también traería algunas marcas del tiempo transcurrido.
La cita era en un bar muy viejo. El mismo al que iban casi siempre después del cine, veinte años atrás. Cuando llegó, con las piernas temblando y el corazón en la boca, entró despacio, buscando respirar y tranquilizarse antes del encuentro. Miró para todos lados. Nadie conocido. Un movimiento a su izquierda y una mano en su brazo la hicieron girar. Ahí estaba él. Alto, como antes. Casi deformado por la obesidad, con la barba descuidada, la ropa antigua y algo raída, y una sonrisa avergonzada que ocultaba con pudor algún hueco en su dentadura, la contemplaba. Julia lo miró de arriba abajo. Pasó una eternidad en la que un millón de pensamientos y sentimientos se disputaron quebrarla. Y antes de que el pasado y su nostalgia cayeran haciéndose añicos en su pecho, escapó del lugar.
MI DOLOR Y YO
Mi dolor y yo transcurrimos....
El sueño trunco.
La tiniebla cómplice.
Y él, que trepa y se retuerce
y cae lentamente,
pero vuelve, feroz, a renacer.
Me arrastro silenciosa, inseparable.
Se aparta, débil,
pero vuelve, siempre, vuelve
a reclamar el lugar,
y trasciende,
y pide más.
En la noche larga, alucinada,
es el amante febril que prolonga la agonía.
Se desliza en mi lecho. Me abarca. Me acuna y me penetra.
Y es el alma que blasfema.
Y es la carne que se quiebra.
Y es la muerte que no llega…
15 de abril de 2009
LA PAGINA EN BLANCO
LAS PALABRAS
Y el verbo se hizo carne…
y las palabras, besos.
Fluyó la VIDA en el encuentro
y se hizo amor.
Y las palabras, siempre,
las palabras…
Y no hubo espacio
que no llenara
el eco de los besos,
el amor,
y las palabras.
Y conjuraron la muerte.
Y celebraron la vida.
Pero llegó el invierno.
Y el amor, los besos, las palabras
tiritaron,
se encogieron.
Nada pudo salvarlos,
y se murieron de frío
los besos,
el amor,
y las palabras.
Estadio Malvinas Argentinas... entre cantos de tribunas
Y como si nada, surge entre cerros y palmeras
Imposible olvidar su origen de sangre derramada
y ocultada bajo el manto esperanzador
de un césped sediento de fútbol
simplemente, sin mentiras.
Imposible olvidar que fue una excusa para un mundial que nunca debió ser.
Imposible olvidar que resuena como un eco tormentoso el nombre elegido.
Una burla, una cachetada a miles de jóvenes que
desde la eternidad de los mártires
observan tristes, mientras un viento borra el pasado de los presentes.